miércoles, diciembre 13, 2006

¿La voz de la cordura acaso?



"Estamos pasivos y mudos"
Robert Byrd

Contemplar la guerra es pensar en la más horrible de las experiencias humanas. En este día de febrero, cuando Estados Unidos está al borde de una batalla, cada ciudadano debe considerar, en todos niveles, los horrores de la guerra.

Aun así, el Senado está, en su mayor parte, silencioso. Ominosa y terriblemente silencioso. No hay debate ni discusión, ni intento alguno de presentar a la nación los pros y contras de esta guerra en particular. No hay nada.

En el Senado de Estados Unidos estamos pasivos y mudos, paralizados por nuestra propia incertidumbre, y parecemos apabullados por el remolino de acontecimientos. Sólo en las páginas editoriales de periódicos existen discusiones sustanciales sobre la prudencia o imprudencia de involucrarnos en esta previsible guerra.

Y no es que estemos ante una conflagración pequeña. No es un simple intento de neutralizar a un villano. No. La batalla que se avecina, si llega a materializarse, representará un viraje en la política exterior estadunidense y posiblemente un viraje también en la historia reciente del mundo.

Esta nación está a punto de embarcarse en lo que es la primera prueba de una doctrina revolucionaria que será aplicada de manera extraordinaria en un momento desafortunado. La doctrina de la prevención -la idea de que Estados Unidos o cualquier otro país puede legitimar el ataque a otra nación que no es una amenaza inminente pero puede ser una amenaza en el futuro- es una variante nueva y radical de la idea de la defensa propia. Parece contravenir el derecho internacional y los postulados de la ONU. Y se está poniendo a prueba en un momento en que existe un terrorismo a escala mundial que hace que muchos países alrededor del mundo se pregunten si nuestra nación, o cualquier otra, está en la lista de los asesinos.

Figuras de alto nivel de la actual administración rechazaron recientemente descartar las armas nucleares al discutir un posible ataque contra Irak. ¿Qué puede ser más desestabilizador y poco sabio que este tipo de incertidumbre, particularmente en un mundo en que la globalización ha unido íntimamente los intereses vitales económicos y de seguridad de tantas naciones? Enormes grietas están emergiendo en nuestras alianzas históricas, y las intenciones de Estados Unidos son, de pronto, objeto de una dañina especulación internacional.

El sentimiento antiestadunidense basado en la desconfianza, la desinformación, la sospecha y la alarmante retórica de los líderes de nuestro país está fracturando lo que alguna vez fue una sólida alianza contra el terrorismo global, surgida tras el 11 de septiembre.

Aquí en casa se alerta a la gente sobre inminentes ataques terroristas, pero dándole muy poca información sobre cuándo y dónde podrían ocurrir. Miembros de familias están siendo llamados al servicio militar activo sin que se tenga una idea de cuánto durará, ni de los horrores que pueden enfrentar. A las comunidades se les deja con menos protección policiaca y contra incendios de la que necesitan. Otros servicios esenciales también se ven menguados en su personal. El estado de ánimo de la nación es sombrío. La economía se tambalea. Los precios del combustible se incrementan y pronto podrían dispararse aún más.

Esta administración, que ya lleva poco más de dos años en el poder, debe ser juzgada por sus resultados. Creo que esos resultados son funestos.

En escasos dos años, esta administración ha desperdiciado un importante superávit de unos 5.6 billones de dólares que se proyectaba para la década próxima, y nos ha llevado a déficit estimados que van tan lejos como alcanzan a mirar nuestros ojos. La política doméstica de esta administración ha colocado a muchos de nuestros estados en situación desesperada, al no poder financiar programas esenciales para nuestro pueblo. Esta administración ha promovido políticas que disminuyen el crecimiento económico. Esta administración ha ignorado asuntos urgentes como la crisis en que se encuentra el sistema de salud para nuestros ancianos. Esta administración ha sido lenta en proveer el fianciamiento adecuado para nuestra seguridad nacional. Esta administración ha titubeado cuando se trata de proteger nuestras largas y porosas fronteras.

En política internacional, esta administración ha fracasado en su intento de encontrar a Osama Bin Laden. Hace apenas unos días volvimos a oír de él, cuando arengaba a sus fuerzas y las instaba a matar. Esta administración ha roto alianzas tradicionales y posiblemente ha dejado inválidas -para siempre- entidades internacionales para el mantenimiento del orden como Naciones Unidas y la OTAN. Esta administración ha hecho que se cuestione la percepción a escala mundial de Estados Unidos, que tradicionalmente era visto como un país bien intencionado y promotor de la paz. Esta administración ha reducido a amenazas el arte paciente de la diplomacia, al lanzar sobre otros calificativos e insultos que dejan muy mal paradas la inteligencia y sensibilidad de nuestros líderes, y que tendrán consecuencias en los próximos años.

Considerar pigmeos a jefes de Estado, calificar a países enteros de "malvados", denigrar a los poderosos aliados europeos tachándolos de "irrelevantes"; este tipo de groseras insensibilidades no pueden hacerle ningún bien a nuestra gran nación.

Tal vez tengamos un poderío militar masivo, pero no podemos luchar solos en la guerra global contra el terrorismo. Necesitamos la cooperación y la amistad de nuestros aliados de siempre y también de los nuevos amigos a los que podamos atraer con nuestra prosperidad. Nuestra sorprendente maquinaria militar nos servirá de muy poco si sufrimos otro devastador ataque en nuestra patria que dañe severamente nuestra economía. Las tropas estadunidenses ya se han extendido tanto que son insuficientes, y vamos a necesitar el creciente apoyo de esas naciones para fortalecernos militarmente, y no sólo para que firmen cartas en las que nos vitoreen.

La guerra en Afganistán ha costado hasta ahora 37 mil millones de dólares, y ya existe evidencia de que el terrorismo está recuperando fuerza en la región. No hemos encontrado a Bin Laden y, a menos que podamos garantizar la paz en Afganistán, las oscuras guaridas del terrorismo pueden volver a florecer en esa remota y devastada tierra.

Pakistán también está en riesgo debido a fuerzas desestabilizadoras. Esta administración no ha terminado la primera guerra contra el terrorismo y ya está ansiosa por embarcarse en otro conflicto en el que los peligros serán mucho mayores que en Afganistán. ¿Es así de breve nuestro lapso de atención?, ¿no hemos entendido que después de ganar una guerra se debe garantizar la paz?

Pese a todo, se escucha muy poco sobre lo que ocurrirá después de una guerra en Irak. Ante la ausencia de planes, la especulación cunde en el extranjero. ¿Nos vamos a apoderar de los yacimientos de petróleo iraquíes, convirtiéndonos en una fuerza de ocupación que controle los precios del combustible y que provea a nuestra nación de hidrocarburos durante todo el futuro previsible? ¿A quién propondremos para darle las riendas del poder después de Saddam Hussein?

¿Nuestra guerra va a enardecer al mundo muslmán y provocar devastadores ataques contra Israel?, ¿contratacará Israel con sus propios arsenales nucleares?, ¿caerán los regímenes de Jordania y Arabia Saudita a manos de radicales apoyados por Irán, país mucho más cercano al terrorismo que Irak?

¿Podría el trastorno del suministro mundial de petróleo llevar a una recesión internacional?
¿Y podrían nuestro lenguaje belicoso e insensible y el desprecio de los intereses y opiniones de otras naciones provocar una carrera global para unirse al club nuclear y convertir la proliferación de estas armas en una práctica lucrativa para naciones que necesitan ingresos?

En el lapso de sólo dos años, esta arrogante e imprudente administración ha iniciado políticas cuyas desastrosas consecuencias se cosecharán por años.

Uno puede comprender la furia y la sorpresa de cualquier presidente tras los salvajes ataques del 11 de septiembre. Uno puede entender la frustración que provoca sólo poder perseguir a una sombra y tener a un enemigo escurridizo al cual es casi imposible castigar.

Pero convertir la frustración y la furia en una forma de política exterior que provoca una debacle mundial en extremo desestabilizadora y peligrosa, como la que estamos viendo, eso es imperdonable en una administración que ha sido investida con el formidable poder y responsabilidad de guiar el destino de la más grande superpotencia sobre el planeta.

Francamente, muchos de los pronunciamientos hechos por esta administración son vergonzosos. No hay otra palabra.

Pese a ello, esta cámara está inquietantemente silenciosa. En momentos en que estamos en vísperas de una horrenda imposición de muerte y destrucción a la población de Irak -una población, cabe añadir, que consta en más de 50 por ciento de menores de 15 años-, esta cámara está callada.

En lo que posiblemente sean los últimos días antes de que enviemos a miles de nuestros ciudadanos a enfrentar los horrores inimaginables de una guerra química y biológica, esta cámara está en silencio. En vísperas de un posible atentado violento terrorista en represalia por nuestro ataque contra Irak, en el Senado de Estados Unidos se trabaja como si nada.

En verdad andamos "sonámbulos por la historia". De todo corazón oro porque esta gran nación, al igual que sus buenos y confiados ciudadanos, no tengan un despertar violento.

Involucrarse en una guerra es siempre un riesgo. Y la guerra debe siempre ser el último recurso y no la primera opción. En verdad debo cuestionar el juicio de cualquier presidente que pueda decir que un ataque militar en masa, sin provocación, contra una nación en la que más de 50 por ciento de la población son niños, "está dentro de las más altas tradiciones morales de nuestro país".

Esta guerra no es necesaria en este momento. Las presiones parecen estar dando buenos resultados con Irak. Nuestro error fue habernos arrinconado a nosotros mismos tan precipitadamente. Nuestro desafío ahora es ahora salir de manera digna de la caja que nosotros mismos nos construimos. Tal vez aún haya forma de hacerlo, si nos damos tiempo.

* Discurso pronunciado ante el pleno del Senado estadunidense el pasado 12 de febrero del 2003, por el senador demócrata de mayor antigüedad en la cámara alta, quien es considerado el gran experto en esa instancia legislativa.

8 comentarios:

Goddess dijo...

Las palabras son muy elocuentes, el mansaje es importante. Pero en realidad hace laguna diferencia? Cambia algo?
Seré muy pesimista, pero no creo que logre mucho con su discurso.

Lord Picis dijo...

De hecho, no. Pero me agrada saber que aun hay alguien cuerdo por esos lares. Que pena escuchar algo tan sabio, y ver que no causa el mas mínimo efecto.

Juan dijo...

Es una pena que caiga en oidos sordos...Bush a traido demasiado odio y rencor a todo lo que diga USA, a convertido el pais en el mas odiado, pues sabemos que todos pagan por las acciones del idiota de Bush. Tan religioso y catolico y solo lo mueve el odio, la guerra y el desprecio por los demas que no piensan igual que el. Al menos uno cuerdo como dices, al menos le queda poco, pero le va a costar trabajo el quye venga reparar, si puede, el gran danio que le ha echo este idiota al pais...

Lord Picis dijo...

De acuerdo con lo que dices Juan, lo que queda para quien llegue, no va a ser muy fácil y de seguro tomara décadas como dice el Senador Byrd. Pero lo pero es que lo va pagar el pueblo, no Bush.

Shinita dijo...

Según leí por ahí, el discurso fue en el 2003.

=)

Lord Picis dijo...

Gracias Shinita, ya lo arregle.

Ana dijo...

La conferencia me parece la voz de la cordura, pero muy triste. Una cortina de humo cuyo fin es distraer de lo ya determinado como único fin: una cosita llamada el 'destino manifiesto'. :(
Buas!
Te dejo saludos amigo poeta!

Lord Picis dijo...

Hola Ana, gracias por la visita. Pues no se, supongo que ante lo inminente, no queda de otra, que dar la ultima pataleta.